Qué debería hacer la inteligencia artificial por un abogado —y qué nunca debería decidir por él
Santiago Calderón Chávez
CEO & Co-Founder de ELÍAS
La conversación sobre inteligencia artificial jurídica suele comenzar con una pregunta equivocada:
¿Qué tanto puede hacer una máquina por un abogado?
Puede investigar.
Puede resumir.
Puede redactar.
Puede comparar documentos.
Puede encontrar inconsistencias.
Puede analizar expedientes.
Puede detectar términos.
Puede proponer estrategias.
Puede construir argumentos.
Y cada pocos meses la lista crece.
Pero la pregunta importante no es cuánto puede hacer.
Es otra:
¿Qué deberíamos querer que haga?
La diferencia importa.
La capacidad tecnológica y la conveniencia profesional no son lo mismo.
Una inteligencia artificial puede llegar a ser técnicamente capaz de tomar una decisión jurídica importante.
Eso no significa necesariamente que debamos permitirle tomarla.
Por eso creo que el futuro de la IA jurídica dependerá menos de encontrar el punto máximo de automatización y más de establecer correctamente la frontera entre asistencia, recomendación y decisión.
Una buena inteligencia artificial debería quitarle al abogado trabajo.
Debería ampliar su capacidad.
Debería mostrarle cosas que probablemente habría pasado por alto.
Pero existen momentos en los que el objetivo no debería ser sustituir su intervención.
Debería ser exactamente lo contrario:
conseguir que llegue mejor preparado al momento en que tiene que decidir.
La inteligencia artificial debería encargarse de que el abogado no empiece desde cero
Una cantidad enorme del tiempo jurídico se utiliza en reconstruir información.
¿Qué pasó en este expediente?
¿Cuál fue la última actuación?
¿Qué se dijo en aquella promoción?
¿Dónde está el contrato?
¿Qué criterio investigamos hace tres meses?
¿Por qué habíamos descartado determinada estrategia?
¿Ya se notificó?
¿Qué sigue pendiente?
Cada vez que un abogado vuelve a un asunto después de algunos días existe una pérdida de contexto.
En equipos grandes, el problema se multiplica.
Una persona sabe una cosa.
Otra conserva determinada nota.
Un dato importante vive dentro de un correo.
Una decisión está documentada en WhatsApp.
La fecha crítica está en un calendario.
Y el expediente contiene cientos de documentos que explican parcialmente la historia.
La inteligencia artificial debería solucionar buena parte de este problema.
Debería poder mantener una memoria operativa del asunto.
Qué ocurrió.
Qué sabemos.
Qué falta.
Qué decidimos.
Qué está pendiente.
Qué cambió.
Eso no parece tan espectacular como pedirle a una IA que redacte una demanda completa.
Pero probablemente sea mucho más valioso.
Debería leer más de lo que un abogado puede leer
Existe una limitación inevitable en cualquier profesionista:
la atención.
Podemos leer mucho.
Pero no todo.
Podemos revisar cientos de páginas.
Pero quizá el expediente tiene diez mil.
Podemos buscar jurisprudencia.
Pero nunca revisar personalmente cada criterio potencialmente relacionado.
Podemos comparar contratos.
Pero llega un punto en el que el costo humano vuelve inviable revisar toda la información.
Ahí la inteligencia artificial tiene una ventaja extraordinaria.
Puede analizar a gran escala.
Puede comparar.
Clasificar.
Agrupar.
Detectar patrones.
Relacionar información que se encuentra muy lejos dentro del expediente.
La IA debería permitir al abogado pasar de trabajar sobre una muestra razonable de información a trabajar sobre una visión mucho más completa del asunto.
Pero hay una diferencia importante.
Leer más no significa necesariamente entender mejor.
La función de la máquina debería ser ampliar el universo observable.
La del abogado, determinar qué significa jurídicamente aquello que apareció.
Debería encontrar lo que contradice al abogado
Ésta me parece una de sus funciones más importantes.
Los humanos tenemos una tendencia natural a defender nuestras primeras hipótesis.
Encontramos un argumento.
Nos convence.
Después buscamos información que lo fortalece.
En Derecho ese sesgo puede ser especialmente peligroso.
Una buena inteligencia artificial debería tener permiso para ser incómoda.
Debería preguntar:
¿Qué criterio contradice esta posición?
¿Qué hecho del expediente no encaja?
¿Qué diría la contraparte?
¿Qué supuesto estamos dando por cierto?
¿Qué argumento podría volver improcedente nuestra estrategia?
¿Qué pasa si nuestra interpretación principal es incorrecta?
No queremos una IA que funcione permanentemente como un asociado que intenta agradar al socio.
Queremos una que, cuando sea necesario, pueda decir:
“Hay algo que no estás considerando.”
La tecnología puede convertir la contradicción en una función permanente del trabajo jurídico.
Eso tiene un enorme valor.
Debería recordarnos aquello que nosotros olvidamos
Los seres humanos olvidamos.
No es un defecto profesional.
Es una característica inevitable.
Un abogado puede atender decenas de asuntos.
Recibir cientos de mensajes.
Leer miles de páginas.
Tomar decisiones diariamente.
La memoria humana no fue diseñada para conservar indefinidamente todo ese contexto.
La inteligencia artificial sí puede ayudarnos.
Puede recordar que hace ocho meses descartamos un argumento porque existía determinada jurisprudencia.
Que el cliente había dicho que no quería asumir cierto riesgo.
Que una persona declaró algo incompatible con un documento posterior.
Que una tarea seguía pendiente.
Que una nueva sentencia puede modificar una decisión anterior.
Ese tipo de memoria no sustituye al conocimiento del abogado.
Lo libera de tener que utilizar su capacidad cognitiva para almacenar permanentemente información que un sistema puede conservar mucho mejor.
Debería saber cuándo falta información
Una mala inteligencia artificial intenta responder siempre.
Una buena debería tener la capacidad de detenerse y decir:
“Todavía no puedo responder esto.”
Falta la constancia de notificación.
No conocemos la fecha relevante.
Existen dos versiones incompatibles de los hechos.
No sabemos a qué parte representamos.
Falta el contrato completo.
No está claro qué legislación aplica.
El cliente todavía no ha definido su prioridad.
Esta capacidad es fundamental.
Porque en Derecho, muchas veces, la mejor respuesta profesional no es una conclusión.
Es identificar qué necesitamos saber antes de poder concluir.
La IA debería transformar incertidumbre en preguntas y preguntas en tareas.
No esconderla detrás de un párrafo convincente.
Debería separar hechos de afirmaciones
Un expediente está lleno de frases.
Pero no todas tienen el mismo valor.
“La parte demandada incumplió.”
Eso puede ser una alegación.
“El pago debía realizarse el 15 de marzo.”
Eso puede estar acreditado documentalmente.
“El contrato fue firmado por determinada persona.”
Eso puede ser controvertido.
Una inteligencia artificial jurídica debería ser capaz de distinguir entre:
lo que una parte afirma,
lo que otra niega,
lo que está documentado,
lo que fue reconocido,
lo que sigue controvertido,
y lo que todavía no sabemos.
Esa clasificación puede ahorrar muchísimo tiempo y, sobre todo, evitar algo peligroso:
convertir una afirmación repetida muchas veces en un hecho aparentemente cierto.
Debería investigar, pero no pedirnos que confiemos en su memoria
Una IA jurídica profesional debería ayudarnos a encontrar Derecho aplicable.
Normas.
Jurisprudencia.
Criterios.
Doctrina cuando corresponda.
Pero el sistema no debería exigir confianza ciega en aquello que “recuerda”.
Debería privilegiar fuentes verificables.
El abogado debería poder llegar desde una afirmación hasta su fundamento.
La inteligencia artificial puede acelerar radicalmente la investigación.
Pero una respuesta jurídica sin posibilidad de verificar la fuente se parece demasiado a una conversación convincente y demasiado poco a una herramienta profesional.
Por eso la IA debería actuar menos como una enciclopedia infalible y más como un investigador extraordinariamente rápido que muestra su trabajo.
Debería calcular, pero también explicar
Pensemos en un término procesal.
La máquina puede producir una fecha.
Pero la fecha por sí sola tiene poco valor profesional si no podemos entender:
qué actuación la originó,
qué notificación utilizó,
cuándo surtió efectos,
qué plazo aplicó,
qué días descontó,
y qué incertidumbres existen.
Lo mismo puede ocurrir con muchas otras conclusiones.
La IA debería poder presentar una respuesta simple cuando el asunto sea claro.
Pero siempre permitirnos profundizar.
Conclusión arriba. Razón debajo. Fuente al fondo.
Esa jerarquía puede hacer que la tecnología sea rápida sin volverse opaca.
Debería preparar alternativas, no solamente una respuesta
En Derecho rara vez existe una sola ruta.
Podemos demandar.
Negociar.
Esperar.
Impugnar.
Cumplir bajo reserva.
Modificar la estructura.
Escoger un argumento principal y reservar otro.
La inteligencia artificial puede ayudarnos a ampliar ese espacio de posibilidades.
Una herramienta realmente útil debería poder presentar:
la alternativa A,
la alternativa B,
la alternativa C,
sus fundamentos,
sus costos,
sus riesgos,
sus ventajas,
y qué información podría hacer que una fuera preferible a otra.
Después viene otra cosa.
La decisión.
Y ahí empieza el límite.
La IA no debería decidir qué riesgo está dispuesto a asumir el cliente
Imaginemos dos estrategias jurídicamente razonables.
La primera tiene mayor probabilidad de éxito, pero será costosa y puede tardar años.
La segunda ofrece un resultado menor, pero puede resolverse pronto.
¿Cuál es mejor?
No existe una respuesta universal.
Depende del cliente.
De su liquidez.
De su urgencia.
De su tolerancia al riesgo.
De su relación con la contraparte.
De cuánto vale para él el tiempo.
De otras prioridades que quizá ni siquiera aparecen en el expediente.
Una IA puede ayudar a estructurar ese problema.
Puede incluso cuantificar escenarios.
Pero no debería decidir qué debe valorar una persona o una empresa.
Puede mostrar el riesgo.
El cliente, asesorado por su abogado, tiene que decidir cuánto está dispuesto a asumir.
No debería decidir qué interés del cliente merece prioridad
Los problemas jurídicos rara vez viven aislados.
Ganar un juicio puede destruir una relación comercial.
Exigir el cumplimiento de una obligación puede provocar un conflicto familiar.
Presentar una denuncia puede tener consecuencias reputacionales.
Una estrategia fiscal agresiva puede ser legalmente defendible y aun así no ser congruente con la filosofía de riesgo de una compañía.
La máquina puede conocer los hechos.
Puede modelar consecuencias.
Pero establecer qué interés debe prevalecer contiene una dimensión humana difícil de reducir a una función matemática.
El abogado necesita comprender al cliente.
No únicamente su expediente.
No debería decidir cuándo un derecho merece ejercerse
Tener derecho a algo no significa que siempre convenga ejercerlo.
Ésta es una distinción profundamente jurídica y profundamente humana.
Puede existir un recurso procedente.
Podemos interponerlo dentro del término.
Tenemos argumentos.
Todo eso puede ser cierto.
Y aun así concluir:
no conviene promoverlo.
Porque el costo supera el beneficio.
Porque afecta otra estrategia.
Porque el cliente quiere cerrar el asunto.
Porque abre un riesgo mayor.
Porque existe una solución alternativa.
La inteligencia artificial puede responder:
“puedes.”
No necesariamente debería convertir eso automáticamente en:
“hazlo.”
Entre ambas palabras existe una decisión profesional.
No debería renunciar por nosotros
Existen decisiones que tienen una característica especialmente importante:
pueden ser irreversibles.
Dejar vencer un término.
Renunciar a un derecho.
Aceptar una obligación.
Desistirse.
Celebrar determinados acuerdos.
Reconocer hechos.
Ejecutar ciertas acciones.
Una arquitectura jurídica responsable debería reconocer esos momentos.
Y aumentar el nivel de control.
No porque una inteligencia artificial nunca pueda entender la situación.
Sino porque la consecuencia exige algo más que comprensión.
Exige atribución clara de la decisión.
Alguien debe saber qué se está haciendo y asumirlo.
No debería decidir qué argumento llevará nuestra firma
Puede redactarlo.
Puede fortalecerlo.
Puede buscar jurisprudencia.
Puede construir la mejor versión de la posición contraria.
Puede señalar debilidades.
Pero cuando un abogado presenta un argumento ante un tribunal o se lo recomienda formalmente a un cliente, ocurre algo más.
Lo hace suyo.
Esto conecta con una reflexión que hemos venido desarrollando en esta serie a partir de la distinción que me compartió el Dr. Pedro Payares Yabur sobre juicio y discernimiento.
No basta con que una respuesta sea plausible o incluso técnicamente correcta.
Existe un momento en que el profesionista debe decidir:
“Ésta es la posición que estoy dispuesto a sostener.”
Ese acto no debería desaparecer detrás de una interfaz automática.
No debería decidir aquello cuya respuesta depende de valores
Esto puede parecer abstracto, pero aparece constantemente.
¿Qué es un resultado razonable?
¿Cuánto riesgo es aceptable?
¿Cuánto dinero merece invertirse?
¿Qué relación debe preservarse?
¿Qué principio vale la pena defender aunque resulte económicamente costoso?
¿Qué resultado considera justo el cliente?
La inteligencia artificial puede ayudar a hacer explícitas esas preguntas.
Pero cuando una decisión depende fundamentalmente de valores, prioridades o preferencias humanas, la automatización debería ser especialmente prudente.
La máquina puede organizar la decisión.
No debería fingir que puede eliminar su dimensión humana.
Tampoco debería esconder la incertidumbre para facilitarnos la vida
Existe una tentación muy poderosa en diseño de software:
reducir complejidad.
Eso normalmente es positivo.
Pero en Derecho hay complejidades que no deberían desaparecer de la interfaz porque son parte del problema.
Si existen dos criterios contradictorios, el sistema no debería escoger silenciosamente uno sólo para presentarnos una respuesta limpia.
Si existe duda sobre una notificación, no debería ocultarla.
Si la probabilidad de éxito depende de una interpretación discutible, debería hacerlo visible.
La buena experiencia de usuario no consiste siempre en mostrar menos.
A veces consiste en mostrar exactamente la duda que necesitamos conocer.
La frontera no debe definirse por tarea, sino por consecuencia
Podríamos intentar crear una lista sencilla.
“La IA puede resumir.”
“La IA no puede decidir.”
Pero la realidad será más sofisticada.
Una misma actividad puede tener diferentes niveles de riesgo.
Un resumen interno de una sentencia pública.
Muy bajo.
Un resumen de un expediente utilizado para decidir si presentamos mañana un recurso fatal.
Mucho mayor.
La arquitectura debería considerar factores como:
consecuencia,
reversibilidad,
incertidumbre,
sensibilidad de la información,
capacidad de verificación,
y grado de impacto sobre los derechos del cliente.
Cuanto mayor sea el riesgo, mayor debería ser la intervención humana exigida.
No necesitamos un muro fijo entre humano y máquina.
Necesitamos umbrales de decisión.
El sistema debería saber cuándo escalar
Ésta puede ser una de las funciones más importantes de la IA jurídica.
Saber cuándo decir:
“Necesito al abogado.”
No porque haya fallado.
Precisamente porque está funcionando correctamente.
Puede reconocer que:
hay una decisión irreversible,
faltan instrucciones del cliente,
existen alternativas razonables,
la norma es ambigua,
el riesgo es elevado,
el medio de defensa podría ser improcedente,
la recomendación contradice una estrategia anterior,
o la información disponible no permite concluir.
Entonces puede reunir todo lo necesario.
Presentarlo.
Y detenerse.
Ese momento de escalamiento debería ser una virtud del sistema, no una limitación.
El ideal no es human in the loop
Al menos no si eso significa únicamente que una persona hace clic en “aprobar”.
Una supervisión humana simbólica sirve de poco.
El objetivo debería ser algo más exigente:
human at the decision.
El humano en el lugar donde realmente existe una decisión.
No necesariamente verificando manualmente cada actividad previa.
La máquina puede realizar miles de operaciones.
Pero el sistema debe reconocer cuáles de ellas culminan en una decisión jurídicamente material.
Y ahí hacer visible:
qué estamos decidiendo,
qué sabemos,
qué no sabemos,
qué alternativas existen,
qué riesgo tiene cada una,
y qué recomendación propone el sistema.
Entonces la intervención humana deja de ser burocracia.
Se convierte en gobierno.
Esto implica diseñar distintos grados de autonomía
Podemos imaginar una escala.
La IA informa.
Después analiza.
Después recomienda.
Después prepara una acción.
Después puede quizá ejecutar acciones de bajo riesgo previamente autorizadas.
Y finalmente existen acciones que necesitan autorización expresa.
No todo tiene que detenerse.
Sería absurdo pedir confirmación humana para cada clasificación documental.
Pero tampoco parece razonable permitir que una máquina tome silenciosamente una decisión que puede extinguir un derecho.
El futuro de la IA jurídica probablemente estará en diseñar correctamente esos niveles.
El abogado debería controlar la excepción, no cada operación
Esto también es importante para que el sistema sea útil.
Si un abogado tiene que revisar absolutamente todo lo que hace la inteligencia artificial, no hemos ganado demasiada capacidad.
La tecnología debe permitir confianza graduada.
Procesos rutinarios, estructurados y reversibles pueden tener mayor automatización.
Cuando aparece una excepción:
algo faltante,
una contradicción,
una decisión irreversible,
un riesgo inusual,
entonces interviene el abogado.
La función humana se desplaza.
De ejecutar todos los pasos a gobernar las excepciones y decisiones importantes.
Ésa puede ser una de las transformaciones más profundas del trabajo jurídico.
Y eso exige mejores abogados, no peores
Existe una ironía.
Cuanto más trabajo pueda hacer la máquina, más importante puede volverse la calidad del abogado que supervisa.
Porque probablemente recibirá menos decisiones.
Pero serán más importantes.
Ya no pasará todo el día trasladando información.
Puede recibir cinco cuestiones:
¿impugnamos?
¿aceptamos este riesgo?
¿cambiamos de estrategia?
¿es suficiente esta prueba?
¿informamos al cliente de esta contingencia?
Su valor estará cada vez más concentrado en esos momentos.
La inteligencia artificial puede eliminar mucho ruido.
Eso hace que el criterio tenga más peso.
ELÍAS debería hacer muchísimo por el abogado
Ésta es precisamente la aspiración.
En ELÍAS queremos que la inteligencia artificial pueda asumir una enorme cantidad de trabajo previo.
Conocer el expediente.
Reconstruir su historia.
Identificar hechos.
Relacionar pruebas.
Detectar términos.
Investigar.
Encontrar contradicciones.
Construir alternativas.
Recordar decisiones.
Generar tareas.
Preparar documentos.
Alertar cuando algo cambia.
Todo eso debería ocurrir con la menor fricción posible.
El abogado no debería gastar su tiempo moviendo información entre sistemas.
Pero ELÍAS también debería saber cuándo no avanzar
Esta segunda parte es igual de importante.
Queremos que un sistema pueda decir:
“He llegado hasta aquí. Ahora necesitas decidir.”
Y mostrar exactamente por qué.
Puede haber momentos donde el abogado sólo necesita confirmar una conclusión sencilla.
Otros donde debe estudiar cuidadosamente las alternativas.
Otros donde necesita hablar con el cliente.
Otros donde la información todavía es insuficiente.
El éxito no consiste en eliminar esos momentos.
Consiste en conseguir que lleguen al abogado limpios de todo el trabajo que la máquina sí podía realizar antes.
La IA debería quitar trabajo, no responsabilidad
Quizá ésta sea la regla más sencilla.
La inteligencia artificial puede quitarle al abogado:
lectura mecánica,
captura,
búsquedas repetitivas,
organización,
comparaciones,
primeros borradores,
seguimiento,
reconstrucción de contexto.
Puede incluso quitarle una parte importante de la preparación analítica.
Pero no debería permitirle decir:
“Yo no decidí esto.”
si fue él quien utilizó la conclusión para representar a un cliente.
La tecnología puede repartir el trabajo.
La responsabilidad profesional necesita seguir siendo identificable.
La pregunta correcta no es dónde termina la IA
Probablemente esa frontera cambie constantemente.
Lo que hoy requiere una persona mañana podrá automatizarse de forma razonable.
La tecnología mejorará.
Los sistemas de verificación también.
La regulación evolucionará.
Nuestra tolerancia cambiará.
Por eso quizá la pregunta más útil sea otra:
¿Qué características hacen que una decisión deba seguir perteneciendo a una persona?
Cuando involucra objetivos del cliente.
Cuando exige ponderar valores.
Cuando tiene consecuencias irreversibles.
Cuando existe incertidumbre material.
Cuando implica asumir un riesgo importante.
Cuando requiere responsabilidad profesional.
Ahí probablemente seguiremos queriendo una persona claramente identificada.
El futuro no está en hacer que la IA decida todo
Está en conseguir que el abogado tenga que ocuparse de menos cosas, pero pueda ocuparse mejor de las que realmente importan.
Que no pierda tres horas reconstruyendo un expediente antes de pensar.
Que no busque manualmente la información que un sistema podía encontrar.
Que no descubra un término por casualidad.
Que no repita una investigación que su organización ya realizó.
Que no llegue a una decisión sin conocer las principales objeciones.
Que no olvide por qué hace seis meses había descartado una estrategia.
Entonces la inteligencia artificial habrá cumplido una función extraordinariamente poderosa.
No habrá sustituido al abogado.
Habrá eliminado buena parte de aquello que le impedía ejercer plenamente como abogado.
Y quizá ésa sea la frontera que vale la pena construir.
No entre lo que una máquina puede hacer y lo que no puede hacer.
Sino entre aquello que conviene delegar y aquello por lo que todavía queremos que una persona diga:
“Ésta es mi decisión y estoy dispuesto a responder por ella.”
Sobre el autor
Santiago Calderón Chávez es CEO & Co-Founder de ELÍAS, una plataforma de inteligencia artificial jurídica enfocada en transformar la manera en que los abogados trabajan con información, expedientes y procesos jurídicos.