¿La inteligencia artificial va a reemplazar a los abogados? Esa no es la pregunta correcta
Santiago Calderón Chávez
CEO & Co-Founder de ELÍAS
Cada pocos meses aparece una nueva demostración de inteligencia artificial capaz de hacer algo que, hasta hace muy poco, parecía reservado a profesionistas altamente especializados.
Redactar un contrato.
Analizar un expediente.
Resumir cientos de páginas.
Encontrar inconsistencias.
Investigar una cuestión jurídica.
Construir argumentos.
Comparar documentos.
Preparar el primer borrador de una demanda.
Y, casi inevitablemente, aparece después la misma pregunta:
¿La inteligencia artificial va a reemplazar a los abogados?
Es una pregunta comprensible.
Pero creo que es una mala pregunta.
No porque la inteligencia artificial no vaya a transformar radicalmente nuestra profesión.
Precisamente por lo contrario.
La transformación probablemente será mucho más profunda que simplemente decidir si una máquina puede hacer el trabajo de un abogado.
Ya hemos vivido revoluciones parecidas
La tecnología lleva décadas eliminando actividades que alguna vez parecieron indispensables para ejercer una profesión.
Los abogados dejaron de consultar exclusivamente bibliotecas físicas.
Dejaron de escribir cada documento desde cero.
Los expedientes comenzaron a digitalizarse.
Las notificaciones comenzaron a llegar electrónicamente.
Las videollamadas sustituyeron muchas reuniones.
Los sistemas de búsqueda hicieron posible encontrar en segundos información que antes exigía horas de investigación.
Ninguna de estas tecnologías eliminó al abogado.
Pero todas modificaron su trabajo.
La inteligencia artificial representa algo diferente por una razón importante:
por primera vez estamos automatizando actividades que percibíamos como intelectuales.
Ya no hablamos solamente de almacenar información o transmitirla más rápido.
Hablamos de sistemas que pueden leer, sintetizar, clasificar, comparar, redactar, argumentar y proponer.
Y eso inevitablemente mueve los límites de la profesión.
Una profesión no es una lista de tareas
Parte del problema viene de cómo imaginamos el trabajo jurídico.
Si describiéramos a un abogado únicamente a través de sus actividades, podríamos hacer una lista:
investigar jurisprudencia, revisar contratos, redactar promociones, analizar documentos, preparar demandas, contestar correos, revisar expedientes.
Después podríamos revisar esa lista y preguntarnos cuántas de esas actividades puede hacer una inteligencia artificial.
Cada año la respuesta sería:
más.
Y desde esa perspectiva parecería inevitable concluir que, cuando la máquina pueda realizar suficientes tareas, terminará sustituyendo al profesionista.
Pero las profesiones no funcionan así.
Una profesión no es simplemente la suma de las actividades que actualmente realiza.
Es un sistema de conocimiento, responsabilidad, confianza, criterio, relaciones e incentivos construido alrededor de determinados problemas humanos.
Por eso la llegada de una tecnología capaz de automatizar tareas no necesariamente destruye una profesión.
Muchas veces redefine dónde está su valor.
La inteligencia jurídica será cada vez más barata
Ésta puede ser una de las consecuencias económicas más importantes de la inteligencia artificial.
Durante mucho tiempo producir trabajo jurídico de calidad ha sido costoso porque requiere tiempo humano especializado.
Un abogado tiene que leer.
Investigar.
Comparar.
Pensar.
Redactar.
Revisar.
Todo eso consume horas.
Y las horas de un profesionista especializado son un recurso limitado.
La inteligencia artificial rompe parcialmente esa relación.
Si podemos analizar determinados documentos en minutos en lugar de horas, producir borradores instantáneamente o investigar simultáneamente varias alternativas, el costo marginal de generar una parte del trabajo intelectual comienza a caer.
Eso inevitablemente afectará al mercado jurídico.
Los clientes empezarán a preguntarse por qué determinadas actividades continúan costando lo mismo.
Los despachos podrán atender más asuntos con estructuras distintas.
Algunas actividades dejarán de justificar honorarios elevados.
Otras se volverán muchísimo más valiosas.
Y probablemente tendremos que reconsiderar incluso uno de los pilares tradicionales de nuestra industria:
la relación entre tiempo trabajado y valor generado.
Ésa será una conversación propia de este blog.
El cliente también va a cambiar
La transformación no ocurrirá solamente dentro de los despachos.
También cambiará del lado del cliente.
Un cliente que puede preguntar a una inteligencia artificial qué significa una cláusula contractual llegará a su abogado con expectativas diferentes.
Un empresario que puede obtener en segundos una primera explicación sobre una controversia probablemente ya no querrá pagar simplemente por recibir información básica.
Un director jurídico con herramientas capaces de revisar cientos de documentos podrá exigir algo distinto de sus asesores externos.
Y conforme la tecnología se normalice, algunas expectativas que hoy parecen extraordinarias podrían convertirse en requisitos básicos.
Información disponible en tiempo real.
Mayor transparencia.
Menores tiempos de respuesta.
Seguimiento automático.
Explicaciones más claras.
Presupuestos más predecibles.
El cliente no necesita entender cómo funciona el modelo de inteligencia artificial detrás del servicio.
Simplemente comenzará a preguntarse:
si esta tecnología existe, ¿por qué mi experiencia jurídica sigue funcionando exactamente igual que hace veinte años?
El proceso jurídico también se está volviendo digital
Hay otra transformación ocurriendo simultáneamente.
El Derecho está dejando de existir exclusivamente en papel.
Expedientes electrónicos.
Firmas digitales.
Notificaciones electrónicas.
Portales judiciales.
Bases de datos.
Documentos estructurados.
Sistemas institucionales.
Cada vez una mayor parte de la actividad jurídica deja una huella digital.
Esto importa muchísimo.
Porque antes de poder construir inteligencia sobre un proceso, primero necesitamos convertirlo en información susceptible de ser procesada.
La digitalización hizo eso posible.
La inteligencia artificial representa el siguiente paso.
Un expediente digital ya no tiene por qué ser simplemente una carpeta que vemos en una pantalla.
Puede convertirse en información que un sistema entienda.
Puede identificar qué ocurrió.
Qué falta.
Qué cambió.
Qué plazo está corriendo.
Qué documento contradice otro.
Qué actuación modifica la estrategia.
Qué información debería revisar el abogado.
La combinación de digitalización + inteligencia artificial probablemente será mucho más transformadora para el Derecho que cualquiera de las dos por separado.
Entonces, ¿qué desaparece?
Seguramente muchas cosas.
Algunas actividades jurídicas que hoy consumen horas terminarán tomando minutos.
Otras serán realizadas casi completamente por sistemas.
Ciertos documentos se generarán automáticamente.
Determinadas revisiones podrán automatizarse.
Parte de la investigación jurídica tradicional cambiará radicalmente.
Es posible incluso que ciertas posiciones dentro de las estructuras tradicionales de los despachos tengan que reinventarse.
Negar esto sería tan ingenuo como pensar que la aparición de internet no cambiaría la forma de investigar.
Pero existe una diferencia enorme entre afirmar:
“muchas tareas jurídicas serán automatizadas”
y afirmar:
“los abogados desaparecerán”.
Entre ambas afirmaciones existe prácticamente toda la discusión que vale la pena tener.
La tecnología puede cambiar también lo que significa ser un buen abogado
Quizá aquí esté la parte más interesante.
Cuando determinadas capacidades se vuelven fáciles de obtener, otras capacidades comienzan a adquirir mayor importancia.
Si redactar correctamente deja de ser excepcional, ¿qué distingue entonces a un gran abogado?
Si encontrar una norma tarda segundos, ¿dónde queda el valor?
Si cualquier abogado puede tener acceso a una máquina capaz de revisar miles de documentos, ¿qué separará al extraordinario del promedio?
Hace poco tuve oportunidad de conversar sobre estas cuestiones con el Dr. Pedro Payares Yabur, quien me compartió una reflexión particularmente valiosa sobre el papel que deben conservar el juicio y el discernimiento del abogado frente a sistemas capaces de producir respuestas cada vez mejores.
Me parece una distinción suficientemente importante como para no intentar resolverla en unas cuantas líneas.
Será precisamente el tema del siguiente artículo de esta serie.
Porque quizá una de las consecuencias más interesantes de la inteligencia artificial sea ésta:
cuando obtener una respuesta deja de ser tan difícil, debemos empezar a preguntarnos qué hacemos después con ella.
El error sería competir contra la máquina
Existe una reacción comprensible ante esta transformación:
intentar demostrar que el abogado todavía puede hacer mejor determinadas actividades.
Que puede redactar mejor.
Que conoce mejor la ley.
Que detecta más detalles.
Quizá sea cierto durante algún tiempo.
Pero creo que ésa es una batalla poco interesante.
El objetivo no debería ser demostrar que una persona puede hacer manualmente algo que inevitablemente será cada vez más sencillo para una máquina.
La oportunidad está en otro lugar.
Utilizar las capacidades de la máquina para construir un profesionista más capaz.
Un abogado que pueda analizar más información.
Considerar más alternativas.
Conocer mejor sus expedientes.
Detectar riesgos antes.
Responder más rápido.
Dedicar menos tiempo a actividades mecánicas.
Y concentrar una mayor parte de su energía en aquello donde realmente genera valor.
Ésa es una visión muy distinta de la sustitución.
Ésa es también la pregunta detrás de ELÍAS
En ELÍAS partimos precisamente de esta transformación.
No creemos que el futuro de la inteligencia artificial jurídica consista únicamente en tener una ventana de chat donde un abogado pueda escribir una pregunta.
Tampoco creemos que el objetivo final sea generar documentos más rápido.
Esas capacidades serán importantes, pero probablemente terminarán convirtiéndose en algo básico.
La pregunta que nos interesa es más amplia:
¿cómo debería funcionar el trabajo jurídico cuando la inteligencia artificial puede acompañar permanentemente al abogado?
¿Qué ocurre cuando un sistema puede conocer un expediente completo y no solamente el documento que acabamos de subir?
¿Qué pasa cuando puede recordar su historia?
¿Qué pasa cuando puede identificar actuaciones, fechas, relaciones entre documentos, riesgos y pendientes?
¿Qué ocurre cuando diferentes capacidades especializadas pueden trabajar alrededor de un mismo asunto?
No estamos intentando responder de una vez cómo será el abogado del futuro.
Estamos intentando construir herramientas que nos permitan descubrirlo.
No preguntes si desaparecerá el abogado
La inteligencia artificial va a cambiar profundamente el Derecho.
Eso parece cada día menos discutible.
Cambiará tareas.
Cambiará costos.
Cambiará despachos.
Cambiará clientes.
Cambiará la velocidad con la que trabajamos.
Cambiará la manera en que interactuamos con la información.
Y probablemente cambiará incluso las habilidades que esperamos encontrar en un abogado joven.
Pero reducir toda esa transformación a la pregunta de si una máquina nos va a reemplazar nos hace perder de vista algo mucho más interesante.
La pregunta verdaderamente importante es:
¿Qué tipo de abogado tendrá valor cuando muchas de las actividades que hoy consideramos difíciles dejen de serlo?
Responderla exige hablar de economía.
De tecnología.
De educación.
De responsabilidad.
De clientes.
De instituciones.
Y también, inevitablemente, de filosofía.
Durante los próximos meses queremos utilizar este espacio para explorar esas preguntas.
Porque quizá la inteligencia artificial no esté anunciando el final del abogado.
Quizá esté anunciando el final de una determinada manera de ejercer como abogado.
Y eso es bastante más interesante.
Sobre el autor
Santiago Calderón Chávez es CEO & Co-Founder de ELÍAS, una plataforma de inteligencia artificial jurídica enfocada en transformar la manera en que los abogados trabajan con información, expedientes y procesos jurídicos.