El abogado después de ChatGPT: por qué el discernimiento importa más que la respuesta
Santiago Calderón Chávez
CEO & Co-Founder de ELÍAS
Durante mucho tiempo, una parte importante del prestigio profesional del abogado estuvo asociada a su capacidad para encontrar respuestas.
Saber qué norma aplicar.
Encontrar la jurisprudencia correcta.
Recordar un criterio.
Construir un argumento.
Identificar una excepción.
Redactar una solución jurídicamente defendible.
La llegada de sistemas como ChatGPT empieza a alterar profundamente esa relación.
Hoy es posible formular una pregunta jurídica compleja y obtener, en segundos, una respuesta razonablemente estructurada.
No siempre será correcta.
No siempre será completa.
No siempre estará suficientemente fundada.
Pero el punto importante es otro:
el costo de obtener una primera respuesta ha caído drásticamente.
Y eso obliga a plantearnos una pregunta incómoda.
Si la respuesta comienza a ser abundante, ¿dónde estará entonces el verdadero valor del abogado?
El problema no es sólo si la respuesta es correcta
Hace algún tiempo tuve oportunidad de conversar sobre este tema con el Dr. Pedro Payares Yabur.
Una de las distinciones que me compartió me parece especialmente útil para pensar el papel del abogado frente a la inteligencia artificial.
La primera dimensión es el juicio.
Es decir: revisar si aquello que la inteligencia artificial produjo es jurídicamente confiable.
¿Existe realmente la fuente?
¿La cita corresponde con lo que se afirma?
¿La norma está vigente?
¿El criterio es aplicable?
¿La conclusión respeta los hechos?
¿El razonamiento tiene sentido?
Ese filtro es indispensable.
Pero, siguiendo la distinción que plantea el Dr. Pedro Payares Yabur, el juicio todavía no agota el trabajo intelectual del abogado.
Después viene algo más profundo:
el discernimiento.
Juicio y discernimiento no son lo mismo
Podríamos resumir la diferencia así.
El juicio pregunta:
“¿Esto está bien?”
El discernimiento pregunta:
“¿Por qué ésta debería ser nuestra posición?”
Es una diferencia enorme.
Un abogado puede verificar que una respuesta generada por inteligencia artificial sea técnicamente correcta y aun así no haber participado realmente en la construcción de la decisión.
Puede comprobar que las normas existen.
Que la jurisprudencia está bien citada.
Que el argumento es defendible.
Y, sin embargo, no haberse preguntado si existe una alternativa mejor.
Ése es precisamente el problema.
El Derecho rara vez consiste en encontrar una única respuesta inevitable.
Muchas veces existen varias interpretaciones posibles.
Distintos argumentos.
Diferentes rutas procesales.
Estrategias incompatibles entre sí.
Costos.
Riesgos.
Tiempos.
Consecuencias.
El abogado no solamente debe identificar qué puede hacerse.
Tiene que determinar qué conviene hacer.
Una respuesta correcta puede seguir siendo una mala estrategia
Imaginemos un caso sencillo.
Una inteligencia artificial revisa un expediente y concluye que procede determinado medio de defensa.
La investigación es correcta.
La norma existe.
El plazo está vigente.
La jurisprudencia acompaña la posición.
Desde el punto de vista técnico, la respuesta puede ser impecable.
Pero todavía faltan preguntas esenciales.
¿Qué probabilidad real existe de obtener el resultado?
¿Qué costo tendrá?
¿Cuánto tiempo tardará?
¿Qué consecuencia puede provocar frente a la contraparte?
¿Existe una alternativa negociada?
¿Hay algún argumento más fuerte?
¿Estamos renunciando a otra estrategia al escoger ésta?
¿Es compatible con los objetivos reales del cliente?
Ésa es una diferencia decisiva.
La inteligencia artificial puede indicarnos:
“puedes actuar.”
El abogado todavía tiene que preguntarse:
“¿debo actuar?”
Y después:
“¿me conviene actuar?”
Y quizá incluso:
“¿me conviene actuar hoy?”
Ahí empieza el discernimiento profesional.
Verificar una respuesta no significa hacerla propia
Ésta me parece una de las advertencias más importantes para el uso de inteligencia artificial en el Derecho.
Es muy fácil confundir revisión con comprensión.
Una máquina produce un argumento.
El abogado revisa las citas.
Todo parece correcto.
Se incorpora al escrito.
Pero una cosa es haber comprobado que el argumento es defendible y otra muy distinta es haber llegado intelectualmente a hacerlo propio.
Para que un argumento sea realmente nuestro deberíamos poder explicar:
por qué lo escogimos,
qué alternativas descartamos,
qué objeciones consideramos,
qué riesgo estamos aceptando,
qué hecho podría debilitar nuestra posición,
y qué cambiaría nuestra conclusión.
Si no podemos hacer eso, quizá no estamos usando inteligencia artificial como una herramienta.
Quizá simplemente estamos delegando demasiado rápido nuestro propio razonamiento.
La inteligencia artificial tiende hacia la respuesta promedio
Existe además otro problema.
Los modelos de inteligencia artificial son extraordinarios identificando patrones.
Precisamente por eso pueden producir respuestas que suelen parecer razonables.
Pero una respuesta razonable no siempre es una respuesta excepcional.
La práctica jurídica está llena de asuntos en los que el verdadero valor aparece precisamente al apartarse de la respuesta evidente.
Encontrar un argumento que nadie vio.
Reformular el problema.
Identificar un hecho aparentemente secundario.
Combinar instituciones jurídicas de una manera distinta.
Detectar una vía procesal que no era la primera opción.
Entender que el interés real del cliente no coincide con la victoria jurídica más obvia.
La inteligencia artificial puede ayudarnos muchísimo en ese proceso.
Pero utilizarla únicamente para recibir la primera respuesta disponible puede empujar al abogado hacia algo peligroso:
la mediocridad técnicamente correcta.
Una profesión llena de respuestas plausibles pero cada vez menos pensamiento propio.
El verdadero riesgo no es que la IA piense demasiado
Con frecuencia se habla de los riesgos de la inteligencia artificial como si el principal problema fuera que las máquinas vayan a tomar demasiadas decisiones.
En el Derecho existe otro riesgo mucho más inmediato:
que nosotros dejemos de tomarlas.
No porque alguien nos obligue.
Sino porque resulta cómodo.
La respuesta está bien escrita.
Las fuentes parecen correctas.
El argumento suena profesional.
¿Por qué seguir pensando?
Precisamente ahí puede comenzar una degradación silenciosa de la profesión.
No dejamos de ser abogados porque una máquina pueda investigar.
Dejamos de ejercer plenamente como abogados cuando dejamos de preguntarnos por qué sostenemos lo que sostenemos.
La contradicción como herramienta de discernimiento
Aquí la inteligencia artificial también puede jugar un papel muy distinto.
No tiene que limitarse a producir respuestas.
Puede servir para cuestionarlas.
Puede recibir una primera estrategia y preguntarse:
¿cuál es su principal debilidad?
¿Qué argumento utilizaría la contraparte?
¿Qué jurisprudencia podría contradecirla?
¿Qué hecho no estamos considerando?
¿Qué premisa estamos suponiendo?
¿Qué alternativa produciría un resultado distinto?
¿Qué cambiaría si el cliente prioriza velocidad sobre monto?
¿Qué cambiaría si prioriza costo sobre probabilidad?
¿Qué pasa si el juez adopta el criterio contrario?
Utilizada así, la inteligencia artificial no reduce el discernimiento.
Lo obliga a aparecer.
La máquina puede generar contradicción.
Puede ampliar las hipótesis.
Puede poner sobre la mesa caminos que el abogado no había considerado.
Pero el abogado sigue teniendo que tomar posición.
El abogado no es solamente el que sabe
Tal vez durante años confundimos demasiado fácilmente conocimiento con profesión.
Pensábamos que un gran abogado era, en buena medida, quien sabía más.
Más leyes.
Más tesis.
Más precedentes.
Más doctrina.
Todo eso seguirá siendo valioso.
Pero en un entorno donde el acceso al conocimiento se vuelve radicalmente más barato, otras capacidades comienzan a adquirir mayor peso.
Saber formular el problema.
Entender qué quiere realmente el cliente.
Identificar qué variables importan.
Distinguir entre una posibilidad jurídica y una estrategia conveniente.
Aceptar que nuestra hipótesis inicial puede estar equivocada.
Cambiar de posición cuando los hechos lo exigen.
Y, sobre todo, asumir la responsabilidad de decidir.
Ahí es donde la reflexión del Dr. Pedro Payares Yabur sobre juicio y discernimiento resulta especialmente potente.
No porque la inteligencia artificial carezca de utilidad.
Sino porque cuanto mejores sean las respuestas de las máquinas, más importante será determinar qué hacemos con ellas.
La firma del abogado sigue significando algo
Hay una razón por la que la responsabilidad profesional importa.
Al final de muchas decisiones jurídicas existe un nombre.
Alguien firma la demanda.
Alguien presenta el recurso.
Alguien recomienda un convenio.
Alguien decide no impugnar.
Alguien aconseja al cliente asumir determinado riesgo.
La firma no debería ser simplemente el acto final después de copiar una buena respuesta generada por una máquina.
Representa algo más serio.
Significa:
“Ésta es la posición que, después de analizar el asunto, estoy dispuesto a sostener.”
Y para poder hacer esa afirmación no basta con verificar fuentes.
Tenemos que haber participado en la decisión.
La responsabilidad también limita lo que deberíamos delegar
Aquí aparece una consecuencia práctica importante.
No todas las tareas jurídicas tienen el mismo nivel de delegabilidad.
Podemos automatizar actividades mecánicas.
Podemos automatizar búsquedas.
Podemos automatizar clasificación.
Podemos automatizar comparaciones.
Podemos automatizar borradores.
Incluso podemos automatizar análisis preliminares.
Pero cuando aparecen decisiones materialmente importantes, el papel humano vuelve a adquirir una relevancia especial.
Sobre todo cuando:
existen varias estrategias razonables,
una oportunidad puede perderse definitivamente,
los riesgos y beneficios entran en conflicto,
la decisión depende de tolerancia al riesgo,
el costo y el tiempo son determinantes,
o las prioridades reales del cliente no pueden inferirse con certeza.
Ahí la inteligencia artificial puede recomendar.
Puede advertir.
Puede comparar.
Pero no debería hacer invisible la decisión.
Debe volverla más visible.
El futuro del abogado no consiste en saber competir contra ChatGPT
Intentar competir contra la inteligencia artificial en velocidad de lectura sería absurdo.
También en capacidad de memoria.
En procesamiento masivo de documentos.
En generación rápida de alternativas.
Las máquinas probablemente serán cada vez mejores en todo eso.
La oportunidad está en otro lugar.
El abogado después de ChatGPT no debería ser alguien que intenta demostrar que puede hacer manualmente lo mismo que la máquina.
Debería ser alguien capaz de utilizarla para ampliar su propio campo de decisión.
Leer más.
Comparar más.
Detectar más riesgos.
Probar más hipótesis.
Encontrar más contradicciones.
Y después ejercer mejor aquello que sigue siendo profesionalmente suyo:
el criterio.
Ésta es una de las preguntas detrás de ELÍAS
En ELÍAS esta distinción nos interesa particularmente.
No queremos diseñar un sistema cuya única función sea responder preguntas jurídicas.
Tampoco queremos que el objetivo sea producir una conclusión tan convincente que el abogado simplemente tenga que aceptarla.
Nos interesa algo distinto.
Un sistema podría identificar los hechos.
Reconstruir la historia de un expediente.
Investigar.
Comparar normas.
Proponer una estrategia.
Buscar contradicciones.
Construir argumentos alternativos.
Plantear objeciones.
Advertir riesgos.
Mostrar qué elementos cambian una conclusión.
Incluso conservar memoria de por qué una estrategia anterior fue descartada.
Pero el objetivo final no debería ser esconder el razonamiento detrás de una respuesta aparentemente perfecta.
Debería ocurrir exactamente lo contrario.
La tecnología debería hacer visible el espacio donde el abogado tiene que decidir.
Ésta es una consecuencia que nosotros estamos explorando desde ELÍAS a partir, entre otras influencias, de la distinción sobre juicio y discernimiento que me compartió el Dr. Pedro Payares Yabur.
Del abogado que responde al abogado que discierne
ChatGPT y las herramientas que vendrán después probablemente harán que obtener respuestas jurídicas sea cada vez más sencillo.
Eso no vuelve irrelevante al abogado.
Pero sí puede volver irrelevante una determinada forma de ejercer.
La del profesionista cuyo principal valor era poseer información a la que los demás no podían acceder.
La del abogado que cobraba fundamentalmente por las horas necesarias para encontrar una respuesta.
La del asociado cuya formación consistía en repetir durante años actividades mecánicas hasta aprender indirectamente cómo pensaba un superior.
Todo eso tendrá que cambiar.
La pregunta será qué aparece después.
Y quizá una parte de la respuesta esté precisamente en esta distinción.
El abogado del futuro no será valioso únicamente porque pueda encontrar una respuesta.
Será valioso porque pueda juzgarla, confrontarla, comprenderla, hacerla propia y decidir responsablemente qué hacer con ella.
La inteligencia artificial puede ayudarnos enormemente en todas esas etapas.
Pero existe una diferencia fundamental entre utilizar una herramienta que piensa con nosotros y utilizar una herramienta para evitar pensar.
Nuestra profesión tendrá que aprender a distinguirlas.
Porque cuando las respuestas sean abundantes, el verdadero lujo intelectual quizá ya no sea tener una.
Será saber cuál merece convertirse en una decisión.
Sobre el autor
Santiago Calderón Chávez es CEO & Co-Founder de ELÍAS, una plataforma de inteligencia artificial jurídica enfocada en transformar la manera en que los abogados trabajan con información, expedientes y procesos jurídicos.